REPÚBLICA VS MONARQUÍA

REPÚBLICA VS MONARQUÍA
Alots Gezuraga

“Reservaré la calificación de genial para el político que apenas comienza a operar comiencen a volverse locos los profesores de Historia de los institutos, en vista de que todas las “leyes” de su ciencia resultan caducas, interrumpidas y hechas cisco”. José Ortega Gasset “La rebelión de las masas”, 1937.

Cada vez oigo más voces que empiezan a perfilar la estructura política del Estado nabarro. Muchos se decanta por una República, no sé si en relación a aquella de Aguirre y Monzón aunque no abarcara más allá de una porción ínfima de nuestro territorio desde la costa a Legutiano, único referente histórico que tenemos de algo semejante y dejo a estudio su carácter vasco o no, en la medida que su “legitimidad” fue concedida por el gobierno español aunque en la praxis actúo como un Estado, es decir, sin reconocer superior, con soberanía plena. Fue efímera como reconfortante esa libertad tras siglos de invasión de nuestro Estado, pese a las circunstancias de guerra (el hombre es contradictorio por naturaleza). Aquel soplo tuvo tal fuerza entre el pueblo, que tras 40 años de brutal represión, seguía implantada la imagen de Agirre y de aquellos valerosos hombres entre el pueblo vasco (entre ellos mi aitite), pero unos arribistas trabajando para el imperialismo y en su beneficio, supieron aprovecharlo dejándonos de nuevo a los pies de los caballos, regalando a los españoles colores (ikurriña) y proyectos (las ikastolas por ejemplo), asumidos y “legalizados” por el pueblo mediante una demostración de fuerza que no por los partidos que sustituyeron de forma natural y por una estructura más moderna de totalitarismo al caduco fascismo español del que tan gozosamente participan por desgracia tantos y tantos vascos.

La idea de los nabarros con los que hablo sobre el modelo de esa República, sería la unión entre Iparralde, Alta Navarra y la Navarra Occidental, para otros una federación de 7 provincias (o 6 pues hay quien une “sólo” a Alta y Baja Navarra sin motivo aparente), quizás más el Beárn o La Rioja, sin olvidarnos de otros hermanos de nación para los que queda abierto el proyecto por los cuatro puntos cardinales. De todos ellos me consta su patriotismo y el conocimiento de nuestra historia (esto último en la mayoría de los casos), pero les diría que es extraño que inconcientemente acepten las divisiones imperialistas actuales que no tienen reflejo alguno entre nuestras instituciones, salvo muy por encima: el señorío de Bizkaia, el condado de Alaba, el vizcondado de Lapurdi o Zuberoa, pero que no coinciden en la territorialidad con los actuales en casi todos los casos, y había otros que ya no existen, como las tenencias de Aitzorrotz, Durango, Ugalde, Oiarso, Baztan etc. Si alguien me habla de que hoy en día esa es nuestra realidad y que está ya asentada en nuestro pueblo, me dejaría de piedra, pues más difícil parece recuperar la conciencia de la invasión que padece nuestro Estado y en ello estamos, “nafarra naizelakotz, espainola ez naizelakotz”, que diría el último mariscal de Navarra.

Hay quien habla de socialismo y de comunismo frente a los “Estados burgueses”. A los que me hablan de una Nabarra roja si no es en el fondo de nuestra bandera, les preguntaría si no les parece bastante empresa la que tenemos para querer cambiar el mundo al mismo tiempo. Otra cosa es la solidaridad entre clases que desde que los Infanzones de Nabarra fueron perseguidos y “ajusticiados” no hemos tenido y la libertad de pensamiento que desapareció junto con nuestras magníficas reinas hugonotes Margarita y Juana. Por supuesto, nada hace pensar que nuestro Estado no sea de nuevo referencia mundial de derechos y libertades democráticas, pero esa pelea también es nuestra.
La anarquía, el “no Estado”, es sin duda el estado perfecto de las personas nacidas libres (yo creo que en realidad es eso lo que nos distancia del resto de los animales: el Estado). Por desgracia, la existencia de un solo Estado hace del anarquista una empresa fácil para el imperialismo. Ante esta disyuntiva, sólo cabe una solución: tener un Estado propio, pues como dijo Gandi, el peor de los gobiernos propios es mejor que cualquier gobierno ajeno (y él sabía mucho de eso).

Hace tiempo leí sobre la vía “a la andorrana”: un jefe de Estado vasco doble entre el presidente de la República francesa y el jefe de Estado español (su rey hasta hoy), con un jefe de gobierno propio autóctono. Poner a los lobos a cuidar las ovejas no parece la solución a nada, pensar que así van a digerir que una colonia económicamente y territorialmente estratégica como Nabarra se independice, es no entender el carácter totalitario de estos Estados, que nunca llegaran a vivir en democracia pues son productos del imperialismo.

Pero todavía no he oído hablar a nadie de recuperar a nuestros propios reyes como posibles figuras aglutinadoras de las diferentes corrientes de nuestro Estado. Para ello parece claro que no procede Pierres II ni sus descendientes que desde Niza reclaman para sí la corona del reino en una dudosa “legítima” línea sucesoria.
Sin embargo, los Borbones, como últimos reyes de una Nabarra libre con Enrique III, sí unen la cadena rota. Si miramos a nuestra fundación como Estado, vemos que los Arista o Aritza dejaron paso a los Ximeno, cuando entre ellos surgió un líder con más vigor, pues un reino incipiente necesita de un rey vigoroso más que un “regulo” o hijo de rey por el mero hecho de serlo, hoy tenemos varios candidatos entre los Borbones: los Urdangarin. Alguno dirá que es algo descabellado, y a día de hoy lo es, pero no lo es más que hablar de un Estado comunista, socialista, republicano o de cualquier otro tipo. ¿A caso no son referencias de libertad y de bienestar social noruegos o belgas con sus reyes?, ¿quién puede olvidar la oportunidad que tuvimos hace 170 años para instaurar una nueva dinastía propia durante la primera Guerra Carlista con Zumalakarregi, llamado por varios cronistas Tomás I de Navarra?

A alguno esta reflexión le parecerá, cuando menos, “poco seria”, aunque políticamente es igual de posible que las anteriores, pero no deja de ser estratégicamente tan improcedente como las anteriores, que es a lo que iba.

La verdadera política, sobre la única que los vascos debemos discutir y sólo entre nosotros (remarco esto último), es para determinar la estrategia que debemos seguir para liberar nuestro Estado, un Estado normal como los ciento noventa y tantos que hay en el mundo (cada vez hay más y no me atrevo a concretar).

No debemos de perder un segundo cocinando, siquiera en una tertulia frente a una buena alubiada, la estructura política que en libertad debemos de dar a nuestro Estado los nabarros, pues corremos el riesgo de dividir de nuevo nuestras fuerzas ante la sonrisa estúpida y complaciente del imperialismo, nuestra única misión como nabarros es la de crear la fuerza social, la clase dirigente y la estrategia que nos lleve a recuperar las riendas de nuestra historia, ¿es que acaso el que se muere de hambre rechaza una chuleta por ser vegetariano?

“con más violencia azota el viento
los pinos de mayor tamaño,
y las torres más altas caen
con mayor caída, y los rayos
hieren las cumbres de los montes”
Horacio