NOCHE DE LOS CRISTALES ROTOS Y LOS ROJOS

NOCHE DE LOS CRISTALES ROTOS Y LOS ROJOS
Alots Gezuraga

La pasión desbocada de los españoles por el fútbol se remonta a los tiempos de su gran caudillo. En aquellos y cercanos tiempos –nunca superados en muchos aspectos-, el balompié escondía una pequeña espita de componente político que el régimen dictatorial reconducía hacia el equipo oficial del Estado español y su máximo representante en una Europa que terminó por aceptar muy pronto el fascismo español como algo natural a los habitantes de la “tierra de conejos”, significado primigenio de Hispania-España en cartaginés.

Muerto placenteramente en su cama el “faro de Europa” dejó todo “atado y bien atado”, por lo que el régimen totalitario continuó así como el viejo proyecto de España-nación, fruto de la invasión napoleónica y gracias a la colaboración activa de los reyes franceses de la familia de los Borbones, aún hoy en el poder. Aparecieron las urnas y los partidos políticos, aunque no cambió un ápice la falta de democracia, pues un Estado hecho desde arriba como el español (imperialismo en estado puro), nunca puede ser democrático, sería como abrir la puerta del penal del Dueso a todos los allí encarcelados, quedarían sólo los muros y sus carceleros.

El balompié siguió rodando tras la muerte natural del ferrolano convertido en el circo de la plebe y en el “perdetiempos” favorito del imperio castellano hasta convertirse la “furia española” en “la roja” (sin “gualda”), por el arte publicitario de una cadena de televisión con el rojo como color corporativo y de número “cuatro” de las incontables cadenas de televisiones coloniales, alguna con nombre en euskera.

El pasado fin de semana el éxtasis “conejero” llegó a su plenitud, el orgasmo nacional, borrachera de sentimientos no alcanzado desde las celebraciones del día de la raza española (¿?) hace poco más de 30 años en la plaza de Oriente, Noche de Cristales Rotos para los no nacionales españoles condenados por el ejército imperialista a soportar la España cañí, la España de siempre, la España profunda y real, una España que da miedo como da miedo el violador reincidente, el asesino en serie, el etnocida, el nacionicida o el genocida, pues todo ello es aplicable al proyecto de España-nación. Explosión de júbilo español que en las tierras invadidas de Nabarra se fue reconduciendo a un odio manifiesto hacia el pueblo que tratan de anular con notables éxitos, “esos nabarros cabezones que no quieren ser españoles se van a enterar” (¡!).

El cuartel de Intxaurrondo, de infausto y reciente recuerdo y máximo exponente de todo lo expuesto -filo fascista como toda la institución a la que representa-, salió en pleno con sus coches particulares engalanados con banderas españolas pitando y armando ruido -nos quedará siempre la duda de si tenían a alguno de los Olentzeros secuestrados por Navidad en el maletero con el tricornio por txapela-.

Más que celebrando, muchos españoles en nuestras tierras intentaban molestar a los naturales, hijos de la escuela nacional-española de sus padres y de la suya propia son demócratas de boquilla y totalitarios de hecho, tanto los de derecha como los de izquierda “tanto monta, monta tanto”. Las mentes colonizadas y los colonos se sentían con un vigor sospechoso todo por unos partidos de balompié ganados en Sudamérica, borrachera nacional-sindicalista a la que se unieron los “guiris” que visitaban San Sebastián esos días dispuestos a ser españoles por un día a cambio de una orgía alcohólica.

En esta semana en España no hay crisis económica ni un problema estructural de una economía insuficientemente desarrollada por una clase política con vocación al enriquecimiento propio, el imperio se ve fuerte y no hay Estatut ni nación catalana, no existe “el problema vasco” y ya no tienen a un presidente inepto y una oposición corrupta.

Pero hay un problema nuevo en el que quizás no habían caído: todos los españoles son, por fin, “rojos” como seguidores que son de la “roja”, paradojas del vocabulario, pero mejor así antes que una “España rota”, ¡vaya!, ¡todo vuelve!, sobre todo si nunca se ha ido.